Su parroquialización data del 02 de diciembre de 1944 y con fe ardiente confían en los milagros de San Vicente Ferrer a quien dedican su fiesta grande el 05 de abril de cada año.
El providenciano se ha dedicado por décadas a la agricultura, siendo esta, en la actualidad la actividad principal. La Providencia, es una tierra bendecida donde se cultiva mayormente, frutas, alfalfa y maíz.
Mujeres de hábiles manos, que generación tras generación se han dedicado a la elaboración de ponchos y cobijas de lanas multicolores, una tradición que aún se mantiene viva en algunas familias.
Los entornos que podemos denominar son paisajes culturales, donde el paisaje natural tiene un significado espiritual, son lugares imponentes propicios para la reflexión y la contemplación, puede entrar en contacto con la transcendencia.
El turismo y tradición religiosa destaca la existencia del templo parroquial y los animeros. Aunque los animeros se definen a sí mismos como “servidores” de almas, es posible pensar en ellos como una autoridad espiritual en torno a la devoción a las almas, pues en la práctica guían procesiones, rezos y cánticos para los muertos, sin la intervención de un religioso. Es una práctica ritual de devoción por las almas de los muertos y cómo opera su mediación entre los vivos y los muertos, durante el mes de noviembre de cada año para recordar a los fieles difuntos, operando la devoción por las almas, los mecanismos de transmisión de la práctica ritual funeraria de los animeros y la relación de estos personajes con los vivos y los muertos.
Los animeros, quienes se asumen como “servidores” de las almas, ejercen un papel de autoridad espiritual en torno a la devoción de las almas, lo que da pie para plantear preguntas sobre los mecanismos de coexistencia de la espiritualidad en La Providencia. Entonces, por una parte, el sacerdote del lugar hace las veces de un representante de la relación con Dios; y por otra, el animero es un nexo con los muertos. El ritual de estos personajes visto desde la práctica de los animeros y también desde fuera, es decir desde quienes se integran en las calles a esta actividad, permite describir el encuentro entre los vivos y los muertos en el centro andino de Ecuador y de qué manera se conjugan la solemnidad y el silencio de la muerte con la vitalidad, la risa y el juego de la espera de los vivos.
Al investigar y escribir sobre una práctica funeraria es inevitable hablar de la memoria. En ese sentido, este trabajo también aborda la función de los animeros como activadores de la memoria y como nexos con un territorio abandonado por la migración de sus habitantes más ancianos y sus descendientes. La descripción de la práctica de este personaje, sobre el que se tejen relatos en los que se atribuyen poderes de protección e intercesión con la divinidad a las almas, no está pensada como una actividad anecdótica o folclórica, sino como una práctica que implica una mediación y un reencuentro con un territorio. En ese sentido, se plantea la idea de que la muerte es un espacio que permite mantener vivas relaciones comunitarias.
El templo tiene detalles y cuadros de pintura donados por Gerardo Villarroel, un providenciano de sepa que también fue artífice de la reconstrucción del templo con el apoyo de las colonias de residentes en Colombia, Quito, Guayaquil, Puyo, Santo Domingo, Riobamba, Guano.
En referencia al estado actual de la iglesia se supo que hay un inventario para información base de su historia y valor patrimonial, para posteriormente analizar, evaluar y diagnosticar; complementario a ello, se recogió información histórica de las tradiciones religiosas e intervenciones realizadas. Ritos y ceremonias fúnebres, cultura popular, sincretismo religioso, memoria social, animero y patrimonio cultural inmaterial.



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